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3 de junio de 2011

Cuerpos para contar Frida

DANZA  ANALIA GONZALEZ HABLA DE SU OBRA PIES PA’ VOLAR


La coreógrafa retrata distintos capítulos de la vida de la artista mexicana durante ocho cuadros de una simple belleza plástica. Antes de emprender la obra hizo un profundo estudio sobre su personaje, que incluyó viajar a México.
“Pies, pa’ qué os quiero, si tengo alas para volar.” Frida Kahlo fue, es y será símbolo de muchas cosas –de revolución, feminismo y hasta de un país–, todas pinceladas del mismo óleo: la fortaleza. Ella se burlaba del dolor y de la muerte, los transformaba. Por eso pronunció aquella frase al poco tiempo de que le amputaran el pie derecho. Cierto es que su postración no significó un estancamiento, una verdadera inmovilidad; por eso, que Kahlo sea contada con el cuerpo es más un acertado homenaje que una paradoja. Pies pa’ volar, la obra de danza que dirige la coreógrafa Analía González y que se presenta en El Cubo (Zelaya 3053, hoy y el próximo sábado, a las 19) se compone de ocho cuadros que retratan distintos capítulos de la vida de Kahlo, con una simple belleza plástica.
La Frida que más se recuerda es la de las cejas unidas. Lo curioso es que si se contrastan las fotografías con los cuadros en los que ella se pintaba, se comprueba que realmente se afeaba al retratarse. Ni su bozo ni su entrecejo eran tan superpoblados. Liliana Cepeda, la Frida de Pies pa’ volar, se le parece mucho. Sin embargo, no está ese detalle, el de las cejas y los bigotes. ¿Un guiño de la directora para avisar que lo que se cuenta es la vida de una mujer y no la de una artista? González admite que no fue una decisión consciente, pero que efectivamente la obra se propone contar a Kahlo en más de un aspecto. “Hablamos de la artista, la revolucionaria, la mística. También de la defensora de los derechos de la mujer, los indigentes y los originarios de su país.” Un elenco de diez bailarines de la Compañía En Movimiento secunda a Cepeda en el recorrido que va desde la infancia hasta la muerte de Frida, posándose en su imposibilidad para tener hijos, la tormentosa relación con Diego Rivera, su militancia, sus problemas con el alcohol y sus padecimientos físicos.
Como todo icono de los queridos, Frida es sagrada en su país. En un primer momento, a González le pesó esto de ser una argentina hablando sobre una mexicana. “Ella es lo que sería Evita para nosotros”, compara. Por eso, antes de estrenar la obra –en 2007, también en El Cubo– tomó ciertas precauciones. “Me comprometí a estudiar su vida al detalle”, recuerda. A principios de ese año viajó a México, en lo que también fue una excursión a las profundidades de Kahlo. “Encontré muchas biografías, libros de arte y cuadros que por Internet no había conocido. Ver los cuadros en vivo es muy fuerte. Tomé conciencia de lo que es socialmente en México. Es como una virgen. Y acercarme a su historia me acercaba mucho más a su pensamiento”, explica. Con representantes de uno de los museos que albergan las obras de Kahlo, el Dolores Olmedo Patiño, logró un contacto fluido y les mostró un DVD de Pies pa’ volar. La pieza recibió también la aprobación de la Embajada de México en la Argentina, que la auspicia. “No me hubiera animado a hacer la obra sin concretar el viaje –confiesa González–. Cuando uno habla de personajes reales, se la está jugando.” Ahora, anhela llevar la puesta a México.
“Todos tenemos algo de la vida de ella. Nos llega por algún lado.” Con estas palabras, González da a entender lo que la obra ya arroja a sospecha: que no es solamente la directora de una puesta de danza contemporánea inspirada en la vida de Frida Kahlo, tampoco una investigadora neutral, sino una fanática. “Es increíble que hace cien años hubiera una mujer tan activa por sus ideales. Parece una mujer contemporánea. Me identifico con su fuerza, el ser guerrera, el ir al frente y no bajar los brazos.” Cuando ya contaba con información, imágenes para volver danza y elenco, a González le faltaba un detalle: Frida. “A Lili la soñé. No me imaginaba a una bailarina de 20 años. Empezamos el proceso creativo y los chicos me preguntaban quién iba a ser Frida. Yo les decía que ya iba a aparecer. Lili había sido maestra mía, tomé clases muchos años con ella y a mis alumnos los mando con ella porque es extraordinaria. La soñé bailando, con flores en el pelo. La veía y veía a Frida. La llamé, pensando que me iba a sacar carpiendo, porque hace años que sólo se dedica a la docencia, pero enseguida me dijo que sí. Al principio fue difícil porque no podía perder el trato de maestra-alumna. Un día me dijo que dejara de admirarla. Ahí empecé a dirigirla bien.”
–Es extraño que no haya un Diego Rivera que la acompañe...
–Si bien Diego tenía un estatus social, político y artístico, y le abrió a Frida ese espacio y fue muy generoso, a mí me atrae la vida de ella. Lo incluyo a Diego en la obra, pero poner un Diego era poner un Trotsky, una hermana, un padre muy influyente en su carrera. Hay, además de Diego, otras personas que tuvieron mucho peso en la vida de Frida.
–¿Y qué vendrían a representar los diez bailarines que acompañan a Cepeda? ¿Una prolongación de Frida, su mundo interno?
–Son ella por momentos. Es lo que naturalmente pasa. Incluso yo me siento Frida haciendo la obra. Son su alma, su alegría, su emoción. En otros momentos son todo lo que la rodea: su pintura, su gente. Su rol lo va moviendo la obra, va mutando. A veces son Diego; otras, el pueblo que ella amaba. Como director, uno puede tener objetivos, necesidades y búsquedas, pero después hay que ver qué les pasa a los intérpretes. Los directores no somos nada sin ellos. Mi intención es decirles lo que imagino y que ellos puedan brindar algo desde ellos. Una obra no es poner pasos. Están, existen y se ensayan, pero si no se les pone una carga emotiva, mueren.
–¿Ese es el secreto para que un cuerpo pueda contar, más allá de alcanzar la belleza propia del movimiento?
–Puede contar en la medida en que entienda lo que tiene que contar y que se sienta cómodo con eso, que se apropie de la palabra, de la historia, del color y los haga suyos. Por ejemplo, este año cambié íntegro el cuadro de política. Tuve esa necesidad porque en la Argentina sucedieron cosas que me movilizaron y sentía que el cuadro original ya no tenía que ver conmigo. Era más tranquilo y menos involucrado. Quería reflejar lo que está ocurriendo socialmente en mi país. Eso es importante en el sentido de contar, como también lo es el trabajo de compañía, de integrar a los bailarines, en lugar de llamarlos y pedirles que ejecuten tu lenguaje. Los ensayos en que no estaba Lili eran técnicos: sin Frida, los intérpretes no podían llegar al estado. Ella es una gran conductora escénica. La obra tiene una mística grupal: todos son un cuerpo en la historia.

18 de septiembre de 2010

Frida Kahlo, movida por el dolor, la pasión y la muerte



A cien años del nacimiento de la artista mexicana, un elenco de jóvenes bailarines, acompañados por la experimentada Liliana Cepeda, recrea su mundo con lenguaje simbólico.


Por Carolina Prieto
¿Cómo expresar a través del movimiento el universo de una creadora cuya vida estuvo marcada por el sufrimiento físico, las limitaciones en el desplazamiento y la postración? La Compañía de Danza Nandayure, dirigida por la argentina Analía González y el chileno Andrés Cárdenas, encaró este desafío en Pies pa’ volar, que acaba de estrenarse en El Cubo Cultural tras una investigación sobre la vida y la obra de Frida Kahlo. El resultado es sorprendente: la obra mantiene absorto al espectador con un relato que evita la descripción biográfica, los lugares comunes y el pintoresquismo, y apuesta a la fuerza de la sugestión. Son ocho cuadros que se suceden con fluidez en un escenario amplio, negro y despojado. Allí, si bien parecen ciertos iconos (una piñata, las máscaras del Día de los Muertos, el peinado recogido típico de Frida) se imponen secuencias e imágenes de una gran síntesis e intensidad poética.
Desde el comienzo, la figura de la protagonista aparece representada en una mujer de notable parecido físico, la bailarina Liliana Cepeda, de 60 años. Pero no es ella sola el foco de atención: también el elenco de diez intérpretes con el que interactúa, y que por momentos se convierte en el verdadero protagonista. El despliegue recae precisamente en ese coro de bailarines que manejan una asombrosa precisión y potencia. Apenas unas sillas blancas les bastan para ejecutar una coreografía que marca el tono dominante de la pieza: movimientos envolventes, constantes y enérgicos en un plano medio y en el suelo, que transmiten pesadez y cierta dificultad para mantenerse lejos del piso, como si una fuerza los atrajera a la tierra, y como si la caída fuera un destino inevitable. La presencia de Frida se impone a partir de recursos tan sutiles como potentes. Cepeda –reconocida docente y ex bailarina solista de compañías como la de Susana Zimmermann y el Ballet Latinoamérica de Joaquín Pérez Fernández– camina con lentitud y rigidez, mueve en cambio brazos y manos con suma delicadeza, y sostiene una renguera trabajada desde el más mínimo detalle. Su labor privilegia la expresión contenida antes que el movimiento. En esos momentos, es como si dejara al elenco estallar en escenas donde la pasión, la vitalidad, la soledad y el dolor toman cuerpo.
Las voces de Lasha de Sela, Lila Downs, Bendita Prudencia y Chavela Vargas potencian el dramatismo; el vestuario (vestidos de diseño y colores netos, pantalones y camisas sin estridencias) y las luces (de a ratos bien focalizadas) acompañan en la misma dirección. Parejas unidas en figuras aéreas que se abren y se cierran; puños, torsos y espaldas que golpean con vigor el piso; cuerpos que intentan dar vida a unos vestidos rojos colgados en el fondo del escenario. Todo transmite energía, sensualidad, lucha y una vitalidad que se amplifica en un pasaje ambientado en una cantina. Las mismas sillas y unas mesas como marco: el resto lo hacen los rostros con máscaras de calaveras y, sobre todo, las piernas y los pies, bien iluminados y embalados en una serie de encuentros y desencuentros, mientras una voz canta “cuando te vaya mal, nunca derrames lágrimas”. Es el preludio de una fiesta que enlaza dolor, muerte y pasión.
Este es el cuarto espectáculo de la compañía Nandayure (después de Seda, Vientos Gitanos y Trival), surgido tras una investigación en la capital mexicana. Allí, los directores recibieron el apoyo del Museo Dolores Olmedo, que reúne las colecciones más importantes a nivel mundial de la producción de Rivera y Kahlo, y les permitió acceder a información valiosa. Mientras que en el Palacio de Bellas Artes del D.F. se celebra una megamuestra descomunal (más de 300 piezas de la pintora que desde niña enfrentó la poliomielitis, luego un accidente que le fracturó la columna, operaciones varias y hasta la amputación de un pierna), en Buenos Aires un grupo de artistas ofrece un tributo muy cuidado y de una intensidad justa, que nunca satura ni cae en golpes bajos. Los especialistas podrán encontrar en él elementos de sus cuadros e identificar ciertos personajes, pero la belleza plástica de las imágenes es tal que nadie queda fuera de estas postales de dolor, soledad y alegría. Cincuenta minutos para disfrutar (es cierto, ¡con el corazón bastante estrujado!) y un preámbulo para no perderse. En la antesala se exhiben fotografías y dibujos sobre la obra y, antes de partir, vale la pena probar alguna delicia azteca servida en las mesitas de este espacio cultural.
Pies pa’ volar, por la Compañía Nandayure. Miércoles a las 21 en El Cubo Cultural (Zelaya 3073). Entradas desde $ 15.